EL CUADRO DE LA CHANFAINA
LEYENDAS DE GRANADA

Por José Giménez-Serrano
Allá por el mes de marzo de 1660 caminaban una mañana, un clérigo y un rapazuelo jadeante por el peso de un colosal cuadro, por el carril que conduce al monasterio de la Cartuja granadina.
Este personaje, alto, enjuto, de rostro aguileño y fiera mirada, con un ropaje cuyo color mediaba entre color aceituna de agua y ala de moscarda; parecía un soldado en el porte, elegante andar y una hechura de hombre de actos heroicos. Este conjunto tan extraño, se comprenderá en el momento que se diga el nombre del clérigo, no es otro que Alonso Cano, pintor y escultor famoso dentro y fuera de nuestra patria.
Alonso animaba al rapazuelo que aligerara el paso para llegar al monasterio antes de que el P. Gerónimo probara bocado, porque se ponía intratable al llegar a los postres.
Apretó el aprendiz el paso y llegaron amo y mozo a la portería, donde fueron recibidos por un barbudo donado. Atravesaron el atrio poblado de cipreses y madreselvas, dejando a un lado la iglesia inacabada, penetraron en el claustrillo gótico labrado por los primitivos fundadores. Un monje con rostro demacrado por la abstinencia y el ascetismo más severos, los recibió y cogiéndole la mano Alonso, díjole con acento conmovido:
-Bien purgáis, capitán vuestras locuras.
-Morir tenemos-contestó herido por el recuerdo de sus pasadas aventuras.
-Si y encomendadme a Dios que gratas le serán las oraciones de tan arrepentido corazón.
Abrióse la puerta de la celda del P. Gerónimo: marchóse el arrepentido capitán. Alonso Cano penetró en la habitación, y colocó el cuadro a buena luz, descorrió el lienzo que lo cubría, y sin más preámbulos, dijo al reverendo:
-Veamos que le parece a vuesa merced.
El P: Gerónimo , administraba los bienes de la comunidad y tenía derecho a salir a la ciudad , y a hablar con todos, por el trato o por otras razones, había engordado de tal forma, que más parecía flamenco bebedor que ascético eremita.
_Bien señor racionero, dejadme poner las anteojeras – dijo el padre. Y sacó de una caja de plata, y de ella unos anteojos dorados, que más parecían cedazos de tahona. Se los colocó sobre las abultadas narices y soltando un gruñido, se puso a contemplar el cuadro.
La pintura representaba el misterio de la Trinidad. Nuestro cartujo, miró y remiró el cuadro, y refunfuñando se dirigió a Alonso:
- Bien, phs, bien. Algunos fallos tiene, por ejemplo el Espíritu Santo lo hubiera pintado mayor.
- Si a vuesa merced le gustan grandes las palomas, y sobre todo para la mesa –dijo Cano con aire sarcástico
- Oh, si las aves todas deben ser cebadas.
- ¿Os acomoda?. Porque jamás retoco mis obras. – repuso el pintor.
- No se irrite vuesa merced. ¿Y cuanto vale su cuadro?.
- Dos mil pesos, y diez ducados que daréis de propina a mi aprendiz.
- Dos mil pesos ¡Voto va…! – y se mordió los labios – y con diez ducados de coleta; pues no cuesta tanto mantener un mes a la comunidad incluidos los jueves que viene el Arzobispo.
- Dígoos, P. Gerónimo – contestó colérico el bilioso pintor - que soy el mayor de los mentecatos cuando sufro que taséis mis obras como si fueran jamones alpujarreños. Juro que si no estuvierais ordenado, pagaríais cara tal demasía. Encubre, Juan, la pintura, pintura y vamos a casa, que no es digno de ella, quien tan mal comprende.
- Sosiéguese el señor racionero, que le daré hasta mil y quinientos pesos, y un ducado para el porteador con tal que no se vaya usarced descontento: pues algo ha de quedar para el pintor del convento, más que os pese, le dará un toquecito rojo a esas nubes.
Al oír tal sacrilegio artístico, se revolvió Alonso Cano como un león hacia el cartujo, más contúvose y contentose con una tremenda mirada hacía aquella mole de carne, que se embebió en el sillón, con la misma nitidez que si hubiese sentido venir sobre su pecho dos furiosas puñaladas.
La dulzura con que le habló el fraile guardián que allí casual se hallaba, calmó los ánimos, y repúsole con cariño:
- Perdonad, reverendísimo; pero hay cosas que más debieran ser asunto de espadas que de lengua – y le dio la espalda al otro monje con ánimo de marchar.
- Dejadme que acabe de contemplarle; no todos pensamos como el P: Gerónimo: cada nubecilla, cada figura, cada pincelada es un tesoro de bellezas – dijo el fraile modesto de san Diego.
Alonso Cano observó el cuadro con complacencia ante el punto de vista tan acertado del guardián.
- Oh, si – exclamaba entusiasmado el fraile en cada figura o detalle imaginario, analizando exageradamente la nota y poniendo toda el énfasis que podía hablando del cuadro. ¡Quisiera ser rico como un emperador romano para vaciar mis tesoros en vuestras arcas ¡ El pintor estaba extasiado y enaltecido de escuchar al fraile alabar su labor pictórica, reflexionando , dijo con jocosa solemnidad:
- También podéis darme, padre reverendísimo, algo que aprecio más que el dinero, y seréis dueño del cuadro para el altar de S Diego.
_ Decidme, economía no tenemos los que vivimos de pública caridad, y compartimos el pan con los mendigos; dijo humildemente el fraile.
- ¿Pero al menos, no podríais darme un plato de chanfainas para comer hoy?
- Si señor racionero, que no es viernes, y para todo el convento se guisa.
- Pues tomad el cuadro, vuestro es, y acompañadme a la mesa que allí cobraré el precio del cuadro.
El P. Gerónimo turbado por los elogios del fraile se le despertó la codicia y le ofreció a Cano los dos mil pesos, a lo que Alonso contestó:
-Guardarlos enhorabuena para engordar a la comunidad, si es tan poco ascética como vuestra paternidad, y callo… Vamos padre guardián. Juan, hijo, vete a casa y vende este dibujo para el gasto de hoy, que yo comeré
con los frailes de San Diego. Cogió una pluma y trazó la más picante caricatura que pueda verse del buen P.Gerónimo.
Quince días después el famosísimo cuadro de la Trinidad estaba colgado en el altar mayor de la capilla de la Cartuja.
De boca en boca corría la historia de la generosidad del racionero Alonso Cano. Desde entonces el cuadro se llama de la chanfaina.
Adaptación: Nina
Nota del autor: El cuadro fue robado del Museo Provincial, se desconoce su paradero.

Leodegundia dijo
Me alegra ver que actualizaste y además con un relato muy interesante. No había oido nada de ese cuadro y su historia.
Un abrazo
4 Abril 2006 | 04:34 PM